Lo ocurrido esta semana en Santiago no puede despacharse como un hecho aislado ni como una simple crónica roja más. Es, en esencia, un retrato doloroso de nuestras fallas como sociedad.
Resulta imposible no estremecerse al ver los videos que circulan en redes sociales de David Carlos Abreu Quezada, quien se desempeñaba como chofer de un camión recolector de desechos sólidos del Ayuntamiento de Santiago, clamando por su vida frente a agentes del orden, repitiendo “¡me quieren matar!”, sin recibir la respuesta inmediata que cualquier ciudadano espera y merece, de quienes están llamados a protegerlo.
La escena es aún más desgarradora cuando se observa su intento desesperado por refugiarse en el Palacio de Justicia, un símbolo en teoría, de amparo y legalidad. Ni siquiera allí logró encontrar la protección que buscaba.
La turba lo alcanzó y el desenlace ya lo conocemos, una vida que se apagó en circunstancias que pudieron y debieron evitarse.
Las autoridades han informado sobre la detención de varios involucrados, lo cual es un paso necesario, pero no suficiente.
Aquí no basta con apresar culpables; hace falta asumir responsabilidades más profundas. ¿Qué falló en la cadena de respuesta? ¿Por qué un ciudadano que pidió ayuda de forma tan explícita no fue protegido a tiempo? Son preguntas que no pueden quedarse sin respuesta.
Este caso obliga a una reflexión incómoda. No solo interpela a la Policía, sino también a todos nosotros.
La normalización de la violencia, la indiferencia ante el dolor ajeno y la peligrosa lógica de la justicia por mano propia están erosionando los cimientos de la convivencia social.
Cuando una persona puede ser perseguida y asesinada a plena vista de todos, algo esencial se ha roto.
Las autoridades deben dar un ejemplo claro, transparente y firme con los responsables directos, pero también revisar sus protocolos de actuación.
La confianza ciudadana no se decreta: se construye con hechos, con respuestas oportunas y con la certeza de que pedir ayuda sí sirve para salvar vidas.
Si un grito de auxilio no encuentra respuesta, entonces el problema ya no es solo de seguridad, sino de humanidad.









