Durante siglos, votar fue un privilegio de ricos. En Inglaterra solo votaba el que tenía tierra. A los otros los llamaban “burgos podridos”. En Francia, después de gritar libertad e igualdad, dividieron el pueblo en “ciudadanos activos” que pagaban impuestos y podían votar, y “ciudadanos pasivos”,
los pobres, los que no podían votar. Su primer ministro, Guizot, resumió la filosofía: si quieren votar, “¡Enriquézcanse!”. ¡ASÍ DE BULGAR!
En Estados Unidos, después de liberar a los esclavos en 1865, inventaron los test de alfabetización y el impuesto al voto, para que ningún negro pudiera votar, hasta 1965. En Argentina el voto era cantado. Usted tenía que pararse frente al patrón y decir en voz alta por quien votaba. Solo el 2% votaba. Eso se acabó en 1912 con la Ley Sáenz Peña, que impuso el voto secreto y obligatorio.
Chile, Colombia, Perú y Brasil adoptaron el voto censitario (o sufragio restringido) y alfabético también, en donde las elites oligárquicas impusieron que para tener derecho al voto se requería demostrar una renta mínima, la propiedad de un inmueble o ejercer una profesión liberal. Además, se exigía saber leer y escribir, lo que excluía de golpe, a la gran mayoría de la población rural e indígena, dejando permanentemente el poder en manos de las aristocracias locales.
Nosotros en República Dominicana, fuimos pioneros en algo bueno: el voto femenino en 1942. Fuimos el primer país del caribe. Pero fue bajo Trujillo, más por propaganda que por convicción, después de la lucha de Abigail Mejía y el club Nosotras, que en 1934 hicieron un Voto de Ensayo con 96 mujeres.
¿Y para qué sirvió todo esto? Esa es la pregunta que me quita el sueño. Nos matamos por el derecho a que todos voten. Y hoy ¿Qué tenemos?
Tenemos el pipero que vende su voto por un pica pollo y 200 pesos para una piedra. Tenemos al empresario próspero que también vende su voto, por un contrato de 200 millones. Tenemos al joven de clase media, que se va para un resort el día de las elecciones porque le da asco la política, y tenemos al viejo rico, que se va ese día a descansar a la montaña.
Y ahora tenemos lo peor: todos creen que tener derecho les da derecho. Que como la Constitución dice que para ser Presidente solo necesitas ser dominicano, tener cumplidos 30 años o más y no tener problema con la justicia, cualquiera se puede inscribir. Sin saber qué hace un Presidente. Sin haber leído nunca un libro. Sin haber trabajado un solo día en su vida.
Entonces yo pregunto: ¿Valió la pena la igualdad del voto si la convertimos en una subasta?
El clientelismo nos mató a todos. PLD, PRD, PRM, FP, todos caímos en lo mismo. Comprar
conciencias.
Y ahora, por dos distintas vías, dos partidos del sistema me vienen a ofrecer la candidatura a
Diputado por Santiago de nuevo. Y yo vuelvo a preguntarme: ¿Vale la pena? ¿Para qué? ¿Para caer en lo mismo?
Sí, vale la pena. Pero no así.










