Los últimos hechos de violencia que hemos visto en la República Dominicana tienen que llamarnos a reflexión. Aunque las estadísticas oficiales indican que la tasa de homicidios y los robos han disminuido con relación a años anteriores, una cosa son los números y otra es la preocupación que siente el ciudadano cuando ve hechos violentos ocurriendo con tanta frecuencia y, en algunos casos, personas siendo víctimas hasta en lugares donde deberían sentirse seguras.
También preocupa la forma en que estamos enfrentando la delincuencia. En las últimas semanas la propia Policía Nacional ha informado de presuntos delincuentes muertos en enfrentamientos con agentes. Yo entiendo que el Estado tiene la obligación de enfrentar el crimen con firmeza y que no podemos permitir que los delincuentes se adueñen de nuestras calles, pero también creo que matando delincuentes no vamos a erradicar la delincuencia. El problema es mucho más profundo.
- La Policía tiene que hacer su trabajo, perseguir al que delinque y garantizar la seguridad de la población, siempre dentro de la ley, sin embargo, no podemos dejarle toda la responsabilidad al Gobierno ni a la Policía.
Hay una descomposición social que debemos mirar de frente. Cada vez resulta más doloroso ver jóvenes, incluso menores de edad, involucrados o expuestos a situaciones de violencia, delincuencia y ambientes que terminan destruyendo vidas. Ahí tenemos que preguntarnos qué está pasando en nuestros hogares, qué estamos enseñando y, sobre todo, cuánto sabemos realmente de lo que hacen nuestros hijos cuando salen de casa.
El reciente caso ocurrido en Navarrete debe servirnos para reflexionar. Una adolescente de 14 años fue encontrada sin vida en el río Yaque del Norte y otra menor, de 16, sobrevivió luego de ser atacada. Un hombre de 29 años permanece detenido mientras las autoridades investigan las circunstancias del hecho. Más allá de lo que determine la investigación y de la responsabilidad penal que corresponda, estamos frente a una tragedia que ninguna familia quisiera vivir.
No se trata de culpar automáticamente a los padres por todo lo que hacen sus hijos, sería injusto, pero tampoco podemos renunciar a nuestra responsabilidad como familia.
Tenemos que volver a hablar con nuestros hijos, saber con quién andan, dónde están, qué hacen, qué consumen en las redes y quiénes son las personas con las que se relacionan. Supervisar no significa perseguirlos, significa protegerlos.
La delincuencia se combate con policías, justicia y consecuencias para quien viola la ley, pero también con educación, oportunidades, valores y familias presentes.
Porque si solamente actuamos cuando aparece un cadáver, cuando ocurre un atraco o cuando un joven cae preso, entonces hemos llegado demasiado tarde.
La seguridad comienza también en casa.










