En Santiago, la Policía Nacional parece haber optado por una política de persecución indiscriminada contra las motocicletas, sin importar si los conductores tienen sus documentos al día. Deliverys y trabajadores honestos están siendo despojados arbitrariamente de su único medio de sustento.
La explanada del Comando Cibao Central de la policía está repleta de cientos de motocicletas retenidas, mientras a sus dueños se les dificulta recuperar lo que legítimamente les pertenece. Todo esto ocurre en una ciudad golpeada por muertes, asaltos y robos, a lo que se suman constantes denuncias de abusos policiales.
Lo más penoso de esta situación es que ocurre en una ciudad golpeada por la inseguridad. Para nadie es un secreto que Santiago vive momentos difíciles, marcados por muertes, asaltos y robos constantes. A este panorama se suman las agresiones policiales que, lejos de generar confianza, aumentan el temor y la frustración de la población.
La Policía en Santiago está bajo la dirección del general Juan Bautista Jiménez Reinoso. Al inicio de su gestión, muchos creímos que sería un director que dejaría huellas positivas. Y sí, huellas dejará, pero no necesariamente las que la ciudadanía esperaba. Resulta preocupante que se actúe con tanto rigor contra trabajadores humildes, mientras la criminalidad sigue arrebatando vidas y sembrando el caos.
Pretender que los asaltos y las muertes se resuelven incautando motocicletas o persiguiendo bocinas es una visión simplista y equivocada de la seguridad ciudadana. El problema de fondo es más profundo y requiere inteligencia, prevención y respeto a los derechos humanos.
Santiago no necesita más persecución contra quien trabaja; necesita una policía que enfrente el crimen real, proteja al ciudadano y devuelva la confianza perdida. La seguridad no se construye con abusos, sino con justicia y responsabilidad.









