La decisión de designar el nuevo edificio del Instituto Dominicano de las Telecomunicaciones (INDOTEL) con el nombre de Orlando Martínez Howley es un acierto que trasciende lo simbólico. No se trata únicamente de colocar un nombre en una infraestructura, sino de enviar un mensaje claro sobre los valores que deben guiar la comunicación en la República Dominicana.
Considero justo reconocer la voluntad del presidente Luis Abinader por respaldar este tipo de iniciativas que reivindican figuras clave de nuestra historia democrática. De igual manera, valoro el papel desempeñado por Guido Gómez Mazara al frente de INDOTEL, al impulsar una decisión que conecta el avance tecnológico con principios éticos fundamentales.
Orlando Martínez no fue solo un periodista, sino un referente moral. Su compromiso con la verdad, la dignidad humana y la libertad de expresión lo convierten en una figura cuya vigencia resulta innegable. Por eso, me parece coherente que su nombre esté ligado a una institución que regula y promueve el desarrollo de las telecomunicaciones, un sector clave en la construcción de una sociedad informada.
Ahora bien, también entiendo que este reconocimiento implica una responsabilidad. Nombrar un edificio en su honor debe ser más que un gesto conmemorativo; debe traducirse en acciones concretas que reflejen los valores que él defendió. De lo contrario, el homenaje corre el riesgo de quedarse en lo superficial.
En definitiva, opino que esta designación es un paso positivo y necesario. No solo honra la memoria de Orlando Martínez, sino que también invita a las instituciones y a la sociedad a asumir un compromiso real con la verdad, la ética y la libertad de expresión. Porque, al final, el verdadero homenaje no está en el nombre que se coloca, sino en los principios que se practican cada día.









