La tranquilidad de nuestra casa siempre fue esa última línea roja que no se cruzaba. Pasara lo que pasara en la calle, al echarle llave a la puerta de tu hogar sabías que estabas a salvo. Lamentablemente, esa paz, que debería ser innegociable, nos la están arrebatando en la cara.
En las últimas semanas hemos visto cómo la delincuencia ha mutado hacia algo mucho más peligroso. Los criminales ya no te esperan en un callejón oscuro ni aprovechan un descuido en el semáforo; ahora penetran directamente en las viviendas, someten a quienes están dentro y son capaces de matar por llevarse cualquier pertenencia.
Ayer fue el caso del merenguero Oro duro y su esposa, un caso atroz que ha indignado a la comunidad internacional.
Pero, lo que pasó hoy martes es la prueba de que el problema se salió de control y de que nadie está exento. A plena luz del día, a las 8:30 de la mañana, asaltaron en su propia casa al regidor del PRM en Villa González, Manuel Torres, a quien todos conocen como «Cosita», quien se dedica al negocio de la compra y venta. Los delincuentes entraron al lugar y cargaron con 200 mil pesos, 2 mil dólares y varias prendas.
Si a un funcionario le violan la seguridad de su hogar a la hora en que la gente se está tomando el café, ¿qué le espera al ciudadano de a pie?
Cuando los delincuentes le pierden el respeto y el miedo al refugio de nuestras familias, es porque como sociedad y como autoridades hemos tocado fondo. Ya no se trata solamente de pedir más patrullaje en las avenidas; se trata de exigir que nos devuelvan el derecho básico a no sentir terror dentro de nuestras propias cuatro paredes.









