
A propósito del reciente proceso electoral del Consejo para el Desarrollo Estratégico de Santiago (CDES), ha quedado al desnudo una realidad insoslayable: la institución ha perdido su brújula moral, su legitimidad ante la sociedad y, con ello, gran parte de la confianza ciudadana que alguna vez ostentó.
Lo que debía ser una fiesta democrática de la planificación y la concertación social, terminó convertido en una exhibición de intereses personales, manipulaciones institucionales y silencios cómplices. El CDES, creado como espacio de articulación multisectorial para pensar y construir el Santiago del futuro, hoy parece más una vitrina de cuotas de poder que una entidad estratégica al servicio de la ciudad.
La opacidad en la conducción del proceso electoral, la exclusión de actores clave de la vida comunitaria, la desmovilización de sectores sociales históricos y la forma en que algunos “representantes” han preferido servir a agendas privadas antes que al bien colectivo, son síntomas de una enfermedad profunda: la desconexión total con la ciudadanía.
Lo más grave es que con esta situación pierde Santiago y pierde el país. Porque una institución que se suponía debía convocar a la unidad estratégica de todos los sectores se ha convertido en rehén de intereses políticos particulares. Nunca antes los intereses de un partido habían dañado de forma tan directa la estructura y legitimidad del CDES. Nunca antes la vocación plural del Consejo había sido sustituida por la lógica de favorecer grupos afines, rompiendo con el principio mismo de representación colectiva y visión de ciudad.
El CDES ya no representa a Santiago. Representa a unos pocos. Y esa percepción se ha instalado con fuerza en la opinión pública.
¿Dónde están hoy las voces críticas, los líderes comunitarios, los gremios técnicos y profesionales que antes empujaban la agenda estratégica? Han sido marginados o han renunciado ante una estructura que no escucha ni cambia.
Nunca antes la credibilidad del CDES había estado tan debilitada. Lo que alguna vez fue una herramienta moderna de gobernanza urbana, corre el riesgo de convertirse en un cascarón vacío, útil solo para justificar proyectos sin consenso o para adornar discursos institucionales huecos.
Recuperar la confianza pública no será tarea fácil. Requiere autocrítica, apertura real, democratización interna y, sobre todo, la voluntad de romper con el secuestro institucional que lo ha vuelto irrelevante para la mayoría.
Santiago no necesita un CDES decorativo. Necesita una instancia legítima, plural y activa, capaz de trazar una visión de ciudad que nazca del diálogo sincero con su gente, no de imposiciones desde arriba.
La pregunta que queda en el aire es dura pero necesaria: ¿Está el CDES dispuesto a transformarse o prefiere seguir cavando su propia tumba?










