Hay un rasgo cultural que parece tatuado en el ADN del dominicano, no le gusta recogerse. No importa si tiene los bolsillos llenos de dólares, si vive en Nueva York, Madrid o aquí en el país en Punta Cana; incluso si trabajasen en una oficina de lujo al lado de Donald Trump, en el fondo muchos siguen con la misma “chopería” en la cabeza.
El dominicano promedio asocia recogerse con aburrimiento, con “apagarse” y para muchos, eso es inconcebible.
Prefieren andar en el «rebú», en el «coro», en el «teteo», demostrando que el tigueraje no discrimina clases sociales. Puedes tener millones en la cuenta bancaria, pero si no te montas en el último carro con música a todo volumen o si no exhibes tu flow de barrio, pareciera que algo te falta.
Esa mezcla de orgullo popular, desorden y ganas de “estar en el medio” es la que hace que al dominicano se le reconozca donde quiera que llegue.
Claro, ese mismo estilo también le juega en contra, lo mantiene con la mente en la bulla, en el alardeo, en la competencia de quién tiene más “lujo con bajo perfil”, que termina siendo todo lo contrario.
El dominicano no se “recoge” porque, en su imaginario, recogerse es renunciar a la autenticidad. Prefiere vivir entre el relajo, el fronteo y el “yo soy así”.
Y esa actitud, aunque muchas veces criticada, es también parte de la chispa que lo hace diferente en cualquier escenario del mundo.
Al final, no importa si tiene millones o un par de pesos, el dominicano siempre encuentra la manera de dejar salir su tigueraje. Y quizá esa sea la verdadera marca país, aunque nos cueste admitirlo.









