El reciente mensaje de José Ignacio Paliza, presidente del PRM y ministro de la Presidencia, buscó proyectar firmeza institucional frente a los escándalos de narcotráfico y crimen organizado que han salpicado a figuras vinculadas —directa o indirectamente— a la política. Sin embargo, más allá del tono enérgico, su alocución deja la impresión de que se intenta desplazar la responsabilidad hacia factores externos, como si el problema hubiese aparecido de la nada y no tuviera relación alguna con decisiones, estructuras y fallas internas de los propios partidos.
Paliza afirmó que la aparición de nuevos casos no significa debilidad, sino que la impunidad terminó en la República Dominicana. Pero ese argumento resulta, cuando menos, conveniente. Presentar los escándalos como un avance y no como una alarma es una manera de transformar una crisis de credibilidad en una supuesta victoria institucional. Mientras tanto, se evita admitir que durante años —incluyendo periodos recientes— hubo puertas abiertas para que el crimen organizado se infiltrara en la política.
El dirigente oficialista insistió en que la ley “ahora actúa sin mirar colores”, un mensaje que permite deslizar que la culpa siempre fue de otros gobiernos, de otros partidos, de un pasado oscuro que el PRM llegó a corregir. Pero en un país donde las autoridades locales, los líderes comunitarios y hasta algunos candidatos han terminado involucrados en redes criminales, el discurso pierde peso si no se acompaña de autocrítica y responsabilidad política real.
Aunque Paliza anunció expulsiones internas y auditorías reforzadas, evitó mencionar nombres. Esa omisión contradice el tono de transparencia que el propio mensaje pretende vender. Si se habla de cambio, pero no se rinden cuentas completas, no es cambio: es narrativa.
El llamado a que quienes estén involucrados en actividades ilícitas se entreguen voluntariamente también suena más a gesto simbólico que a política concreta. Es fácil exhortar; lo difícil es demostrar que no hubo fallas internas, permisividad, omisiones o descuidos que facilitaron que ciertos individuos llegaran tan lejos antes de ser descubiertos.
En definitiva, el discurso de Paliza intenta blindar al PRM frente a una crisis que ya no puede ocultarse. Pero mientras el gobierno siga hablando como si el problema fuera herencia de otros y no también consecuencia de sus propios descuidos, el país seguirá percibiendo un intento de controlar el relato antes que un compromiso profundo con la transparencia. La ciudadanía merece más que explicaciones cómodas: merece verdades completas.









