Un corresponsal del Times que creció en la capital de Afganistán regresó justo antes de la entrada de los talibanes. Sin advertirlo, presenció el fin de una era y el temible comienzo de otra.
KABUL, Afganistán — En las horas antes de que los talibanes entraran a Kabul y que la cruzada de dos décadas para construir un Afganistán democrático se transformara en temor e incertidumbre, salí de la casa de mis padres para tomar un autobús que recorriera la ciudad. La intención no era hacer un reportaje. Se trataba de algo personal.
La mañana del 15 de agosto, había despertado con la sensación de que se estaba cerrando la ventana de la ciudad de Kabul que conocía mi generación. Una ciudad tras otra había caído en manos de los talibanes a una velocidad tan vertiginosa que mis colegas que reportaban sobre la guerra no podían mantener el paso. A medida que cambiaba el mapa, las posibilidades para la capital se reducían a dos: Kabul se volvería a convertir en una ciudad en ruinas por los obstinados intentos de salvar a quienes estaban en el poder o Kabul caería en manos de los extremistas que, la última vez que tuvieron el poder, habían sido unos gobernantes represivos y habían anulado algunas de las libertades más básicas.
Era un niño cuando los talibanes fueron derrocados en 2001, y aquí crecí mientras le inyectaban una nueva vida a las ruinas de una capital llena de cicatrices después de una guerra civil. Durante años, muchos sentíamos como si el mundo se estuviera abriendo para nosotros, aunque con una guerra cada vez más sangrienta y la inquietante sensación de que la corrupción y la mala gestión apuntaban hacia algo funesto.
Ahora, en vísperas de otro cambio de poder en Kabul, yo estaba de nuevo en la ciudad tomándome un descanso de mi trabajo en la oficina de The New York Times en Nueva Delhi para visitar a mi familia y mis compañeros. Y sabía —todos aquí lo sabían— que estaba por terminar una era de esperanza, sin importar cuán accidentada e infundada hubiera sido.
En los días siguientes, el mundo miraría con atención la más reciente catástrofe de este pequeño país después de casi no fijarse en los años de terribles y cotidianos derramamientos de sangre. Las cámaras tomarían acercamientos de los arroyos de personas camino al aeropuerto de Kabul con la esperanza de tomar un vuelo de evacuación… hacia cualquier lugar; sobre la sangre de los muertos que se mezclaba con las aguas negras que había en el exterior del aeropuerto, donde esperaban, con sus documentos en la mano, a ser rescatadas antes de que las bombas de los terroristas cobraran la vida de 170 de ellas.
Quienes conseguían lugar en algún vuelo de pronto se convertían en exiliados en países lejanos; quienes se quedaban, en exiliados en nuestras propias calles.
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