Como dominicano no puedo hacerme el ciego.
Las mismas placas que rompieron Haití con 7.2, que sacudieron a Puerto Rico, que hoy tienen a Venezuela y a Colombia llorando, pasan por debajo de nuestros pies. O sea que el susto es de todos.
Pero no vine aquí a contar muertos ni a echarle leña al fuego de los problemas de nadie.
De Haití ya sabemos. Desde que mataron al Presidente Jovenel Moise se están matando entre ellos.
De Venezuela ya sabemos. Años de lucha, de gente regada por el mundo buscando qué comer.
De Colombia ni hablar. Casi un siglo entre guerrilla, paramilitares y narco tráfico. La violencia se les volvió paisaje.
No. De eso no voy a hablar hoy.
Hoy quiero hablar de otra cosa que también tiembla cuando tiembla la tierra: el corazón del ser humano.
Porque hay algo que los sismos de más de 7.0 no pueden destruir. Y es eso que llevamos dentro.
En la tragedia nos volvemos hermanos
Usted lo ha visto en los videos.
Sobre los escombros de un edificio caído ya sacaron 20 cadáveres. Abajo todavía hay más. El ambiente es de luto, de polvo y de desesperanza.
Y de repente alguien grita: “¡Aquí hay vida!” Y en 2 segundos todo cambia.
La gente que estaba peleando por un galón de agua, los soldados, los vecinos, los rescatistas, los malandros… todos se vuelven uno. Empiezan a aplaudir. A llorar. A orar. A sacar escombros con las manos, sin importar si se les rompen las uñas.
Cuando sacan vivo a una mujer, a un anciano, a un bebe y hasta a un perrito, la gente ovaciona como si ganara la selección.
¿Sabes por qué? Porque en medio del horror recordamos que todavía podemos salvar algo.
Ese día el malo deja de ser malo. El político deja de robar cámara. El vecino que no te saludaba te abraza.
Por unos días el dolor nos iguala a todos.
El miedo nos devuelve a Dios
El hombre es muy valiente hasta que la tierra se mueve. Ahí se le olvida el dinero, se le olvida el pleito, se olvida el orgullo.
Y ¿qué hace? Mira al cielo.
No importa si no iba a la iglesia. No importa si hablaba mal de Dios. En ese segundo todos decimos lo mismo: “Señor, ten misericordia”.
No es por culpa. Es por impotencia.
Es entender de golpe que contra la naturaleza no hay gobierno, ni ejército, ni dinero que valga.
Y cuando el hombre entiende que no controla nada, entonces le abre un espacio a Dios.
Hay gente que después de un sismo no vuelve a ser la misma. Empieza a valorar a los hijos. Empieza a perdonar. Empieza a dar. Porque entendió que la vida se puede ir en 30 segundos y no quiere irse debiendo amor.
El dolor saca lo mejor y lo peor, pero hoy hablemos de lo mejor.
Sí, también salen los ladrones. También salen los que se aprovechan. Pero yo hoy no quiero hablar de eso.
Quiero hablar del que da su ultimo pan. Del que carga agua para el vecino. Del que llora por un muerto que ni conocía. Del que, teniendo tan poco, dice: “toma, para la causa”.
Esa es la resiliencia de la que poco se habla.
Esa capacidad que tenemos los humanos de, aun rotos, pararnos y tender la mano.
República Dominicana, Haití, Venezuela, Colombia… estamos en la misma falla. Literalmente.
Y espiritualmente también estamos en la misma falla: la de ser humanos frágiles.
Que no nos tiemble tanto el miedo como para paralizarnos.
Que nos tiemble más el alma para ser mejores.
Porque al final, cuando todo se derrumba, lo único que queda en pie es lo que sembramos en el otro: una oración, una ayuda, un abrazo.
Y eso, hermano, ningún terremoto lo tumba.
Amen.









