ENELITERATURA CON ENEGILDO PEÑA
Más de la poesía de José Enrique García
(Entrega final)
RITUAL DEL TIEMPO Y LOS ESPACIOS, 1982.
Esencia del jardín
El jardín en la casa verdadera que soñamos.
Jamás prolongación de huida o refugio.
Espacio por donde huyen los ojos desde las ventanas.
Mañanas húmedas en el rocío de las hojas.
Tardes que ascienden sin ruido hacia lo oscuro.
Extensión del abandono que crece en los rincones.
Límites inexistentes del mundo que se debate
después de las paredes.
Pulso latente del sueño y el anhelo.
Deseo íntimo de los que miran detrás de la madera.
Así lo he visto, soñando en la ventana.
Y estas manos, manos de mujer plena
cavan la tierra y siembran las semillas,
y me hundo en mi cuerpo y me entierro en la
sangre y nazco y florezco al ritmo de las flores.
Y envejezco también y caígo hecha polvo,
y me olvido de mí, de la existencia
hasta que el retoñar vuelve a tomar vigencia
cuando las primaveras, cuando las lluvias,
cuando el amor regresa y se anida en el centro
del cuerpo.
El jardín está siempre en nosotras,
Permanece en sus esencias primeras
y crece en las manos que lo riegan,
en las íntimas lágrimas de la mañana,
en la imaginación y el sueño.
Y duele
espinas crecen para testimoniar su condición
de heridas y ternuras.
Y duele por la imposibilidad de ser creado
Como espera la sangre y desean las heridas.
DE CUANDO LA MIRADABA PASAR, 1987
Restos
La niebla se aleja por calles
y azoteas, de las orillas
del descansado río.
Los comunes colores recuperan sus límites.
Lentamente se descubren las descalzas huellas
dejadas caer como despojos.
Asoma en la distancia el blando sol,
los muros buscan otra vez sus contornos antiguos.
Lejos prolonga un pájaro su canto,
y una mujer, enferma de la noche,
arrastra a la ciudad.
Pausa
Descálzate el camino
deja que la distancia no sea prisa en los ojos.
La noche empieza en el viento
que mueve aquellos árboles
y pronto no habrá certeza de pasos
ni mirar.
Entra a la casa
tomo asiento, de la serena agua,
el espacio que precisa la llama
que salta de los leños.
Levantamos la mesa junto al fuego
después dejemos que los cuerpos se
enciendan en sus limpias desnudeces.
Y mañana, cuando sea la luz,
volverás al viento y al camino
con huellas de mi cuerpo.
Huellas
La lluvia desenlaza a los amantes.
Un pájaro se sacude desde las raíces de sus alas.
La calle, silencio
a veces pasos, a veces voces.
Por el techo
el agua.
Y en la cama
un cuerpo desnudo de mujer
retiene intacta la ternura
del hombre que se aleja.
Sinuosidades
El camino, la noche.
A veces advierto una ventana,
una lámpara arde,
pero se desvanece entre ramas.
El viento silba, aleja claridades,
y hace difícil el sendero.
Regreso, camino entre vencidas hojas.
*HUELLAS DE LA MEMORIA, 1993
Avisté el viaje
casi alba.
La imaginación se asienta
y nada acontecía apartado del soñar,
realidad inasible, pero cierta.
Y por tal influjo,
bajo el hechizo de una visión de mástiles,
de pájaros, y de aguas y virgenes cielo;
mírome entero en esta travesía
que borra aquello que me circulaba y definía.
Voz de una mano que amo.
**
Lejos de ella,
veo caer el cielo.
Qué hacer entonces con un amor de vértebra…
Heme aquí al encuentro de lanzas,
evocando.
***
voy a otros ámbitos para hacerlos posibles,
y a la guerra para fundar una memoria.
***
Que sea mi carne alimento de pájaros
y mis huesos yazgan en la planicie
entre yerbazos y alimañas
bajo el sol, la lluvia de las primaveras,
de otras estaciones;
ser a la intemperie,
sin señal que identifique al esqueleto,
hombre o perro, llantos o ladridos,
polvo durable,
garabato de sales,
aire duro que asciende lento hacia otro aire.
Así, gesto de luz,
y más abajo, quién sabe.
Dejado ahí sin ya imagen
ni dormir limpio…
Este viaje augura el milagro.
En el principio
todo era obra de dioses
y también de palabra.
Asombrarse al descubrir,
tejer miedos y ensalmos,
componer himnos, herir la flauta,
alabar la forma y el color del almácigo y la cigua,
de la flor de Cristo,
y la libertad del puerco cimarrón.
Pero el tiempo trastorna creencias.
Qué esperar de dioses y de hombres…
Aquellos repartidores de bienaventuranzas,
guardianes de guerreros en paz,
bailadores, decidores de cantos,
expulsaron de sus templos a sus propias hechuras.
Y ahora reinan toscos y crueles,
envejecen ante sus súbditos
borrándose en sus obras.
Torre ya y cada quien a su lengua,
a su sonido tan de carne,
tan de adentro.
Tantas lenguas, y caminos,
y fundaciones.
Hombres y pueblos,
signos augurales y también decadentes…
La lengua crece, fosiliza, enmudece…
Cenizas las palabras,
despojo donde alborozó la vida,
huellas del hombre y de las cosas,
raíces.
Una lengua nos dieron en los comienzos
y ya adultas otras más.
Torre pequeña de Babel, ciudadela,
y las inmigraciones, los asientos,
la lengua de todos, la una,
tal vez de nadie,
sólo el poema.
La piedra hacia el sol
y está cerca la mano.
Una sombra cubre la falda de la montaña,
o cae desde el polvo.
Sólo nosotros nos movemos,
quieto el tiempo en la argamasa…
Ah, la construcción, la ciudadela.
En hombros
desconocidos seres llevaron hasta el aire tierra
reunificada.
Pero antes, condición de la aventura,
cavaron, buscaron con las manos las profundidades,
el hondo aliento del espacio, la firmeza,
lo más distante de la raíz del lodo.
Y luego hacia el aire,
piedra en piedra,
olvido ya el esfuerzo
y la sangre y la muerte,
los envejecimientos.
Muros y torres, observatorios, terrazas,
en lo más alto,
y en lo más íntimo de la misma tierra.
Y este altar o templo –dijeron- justificada la vida,
hace perdurar estas piedras,
ah, estas piedras perdurables aún después del sueño,
después del trueno, después del viento,
después del sol, después del tiempo mismo.
Estaciones del viento
I
El cuerpo que reinicia la luz
tiembla y suelta el llanto
II
Y vino al mundo
y desde la cuna vio cuando comenzó
a crecer envejeciendo
III
La noche ya en busca de otro ámbito
el sol derrama transparencias
desnudo entre pinos silba el viento
un pájaro despierta en pleno vuelo
y en la casa celebran mi primer amanecer
Sé que estoy: comienza a envejecer el polvo
IV
Crecí en mi carne
hice vuelo desde los pies
volvíame raíz de transparencias
palpitaba en la sangre
fui con los días
igual que las espigas
en busca de mi estatura
V
Se perseguían los días
Ella falda al viento corría por los campos iniciales
celebrando los ritos inevitables
VI
La muchacha que amaba el mar
que extrajo sal y oleaje
el rumor de su nombre
y las montañas
límites para sus limpios ojos
de horizontes
y amaba también la yerba
la yerba que apenas levantaba el suelo
la humilde levedad vegetal
ella misma en otra forma
haciéndose mujer sin procurarlo
El tiempo construía en su cuerpo
hermosos miembros
ojos y pechos
boca y vientre
rítmicos pies
pómulos tibieza
manos música
y el corazón donde se protegía Dios
VII
Antes de mí en la casa habitaba mi hermano
único que vino de igual vientre
Breve tiempo llevaba de estancia
así que pronto alcancé estatura
y comenzamos juntos a nacer la risa
jugueterías patios y rincones escondites
a conocer enigmas que estaban en el mundo
y que poco a poco despojábamos de asombro
de misterio de infinito
El era el otro
el contrario que armoniza el todo
primer varón que compartía palabra
los primeros dolores del mundo
Leve el tiempo de infancia
la sangre crece
procura el círculo
me vi mujer de pronto
despertando en los otros deseos
amores
VIII
Estoy sobre la tierra
crezco en carne en interrogaciones
Estoy como el sol la débil yerba
el recio pino la enterrada semilla
el tronco que espera retoñar o ser cenizas
como el agua y el viento
y como el mar
y como la muerte
a mi primer llanto unida
Estoy
soy pulso que siento
y huellas de pies en el camino
Carne hueso latido
armazón de lo intocable
soy
raíz y crecimiento
que desconoce razón de su presencia
*RECODO, 2001.
(Premio Nacional de Poesía 1999).
Fragmentaciones
1
Desnudo el mundo,
la tierra,
-tal vez la última-
desnudas sus criaturas
y elementos…
Ahí, todo aún virgen,
quietas las cosas, extrañas urgencias
imperceptibles ritos, los quehaceres cotidianos
que enhebraban días y noches…
Inicio único,
lineal
en una primigenia superficie
ajena al tiempo prolongado…
2
Todo joven, aún,
isla, tierra
las raíces del sueño
la certeza de la noche
el advenimiento de la mañana.
Nada adulto, agua, y sol y cielo.
el fuego y el viento; las dos albas
como las criaturas que nacen y permanecen
con una misma entidad
por la voluntad de los dioses.
Nota: comentarios sobre la obra poética de José Enrique García, en Enecultura:









