Siempre he dicho, y quienes me conocen lo saben, que mi artista favorito de la República Dominicana ha sido Sergio Vargas. No porque considere que ha sido el mejor intérprete de todos los tiempos, pues ese privilegio, para mí, lo tuvo Alex Bueno, por la extraordinaria calidad de su voz y la versatilidad que demostró en cada género que interpretó.
Mi admiración por Sergio, además de su talento, nació por otras razones, por sus raíces humildes, por su historia de superación, por la disciplina con la que construyó su carrera y por la conducta que durante muchos años proyectó como artista y como ser humano.
Precisamente por esa admiración, hoy me siento en el deber de expresar mi desacuerdo con las declaraciones que ofreció tras la muerte de Alex Bueno.
Creo que fueron inoportunas.
En un momento en que toda la República Dominicana lamenta la pérdida de una de sus voces más extraordinarias, esas palabras no eran las que el país esperaba escuchar. Y para nosotros, los hijos de San José de las Matas, el dolor es aún más profundo, porque no solo despedimos a un gran artista, despedimos a un compueblano que llevó con orgullo el nombre de nuestra tierra a los más grandes escenarios del país y del extranjero.
Cuando un pueblo despide a uno de sus hijos más ilustres, corresponde honrar su memoria, abrazar a su familia y agradecer el legado que deja.
La vida está llena de diferentes tipos de adicciones. Existen las dependencias al alcohol, a las drogas, al juego y a muchas otras conductas que terminan afectando a las personas. Pero también existe el riesgo de desarrollar la necesidad permanente de opinar sobre la vida de los demás, especialmente cuando ya no pueden responder. Esa tampoco es una actitud que deba servir de ejemplo.
No pretendo juzgar a Sergio Vargas. Todo lo contrario. Como un humilde seguidor suyo, le hago un llamado para que continúe siendo el referente que durante tantos años inspiró a miles de dominicanos y para que las nuevas generaciones del arte comprendan que el éxito nunca debe estar acompañado del ego ni de la necesidad de señalar las debilidades ajenas.
La historia de nuestra música también nos enseña que enfermedades tan dolorosas como un tumor cerebral pueden tocar la vida de cualquier persona. El merenguero Jochy Hernández, “El Amiguito”, falleció siendo muy joven víctima de la misma enfermedad que terminó apagando la vida de Alex Bueno. En aquel momento, el país recordó su talento y lamentó profundamente su partida. Ese mismo respeto es el que, a mi entender, merece Alex.
Hoy corresponde recordar a nuestro compueblano por su voz incomparable, por el orgullo que representó para San José de las Matas y para toda la República Dominicana, y por el inmenso legado que deja a nuestra música.
Descansa en paz, Alex Bueno. Tu pueblo jamás olvidará tu voz. Que Dios conceda fortaleza a tu familia y a todos los dominicanos que hoy lloramos tu partida.









