En República Dominicana existe un hábito difícil de cambiar, dejarlo todo para última hora. Cada año, con la llegada del inicio del año escolar, la ciudad de Santiago se convierte en un verdadero caos. A pocos días de empezar las clases, las calles se abarrotan de vehículos y las aceras se llenan de vendedores, padres y madres que, muchas veces en familia, salen con prisa a comprar los útiles escolares.
El panorama es el mismo de siempre: tapones interminables, aceras intransitables y un corre corre generalizado donde la prisa y la desesperación son protagonistas. Mientras unos se lanzan al desorden del último minuto, otros, más precavidos, prefieren realizar sus compras con antelación, aprovechando la tranquilidad.
A este panorama se suma la eterna queja colectiva, el alto costo de los útiles escolares. Cada temporada, padres y tutores denuncian el fuerte gasto que representan estos insumos escolares. El Gobierno anuncia sus planes de entrega de kits escolares, pero en la práctica los mismos llegan tarde o a destiempo, cuando ya los padres han hecho el sacrificio económico para cumplir con las exigencias.
Sin embargo, entre la congestión vehicular, los precios elevados y las promesas incumplidas, lo cierto es que cada año las familias dominicanas hacen una gran inversión en útiles. Más allá del caos, la tradición o la queja, siempre está el compromiso inquebrantable de garantizar que los hijos tengan acceso a la educación, que sigue siendo la mayor apuesta de futuro para nuestras familias.









