El Partido Revolucionario Moderno (PRM) no nació como una estructura homogénea, sino como la convergencia de dos grandes liderazgos con proyectos políticos propios: el encabezado por el expresidente Hipólito Mejía y el liderado por quien hoy ocupa la Presidencia de la República, Luis Abinader. Esa dualidad, que en su momento fue una fortaleza frente al viejo orden político, podría convertirse en el principal dilema del partido de cara a las elecciones de 2028.
La historia interna del PRM es clara. En 2016, cuando el partido enfrentaba su primera gran prueba electoral, Hipólito Mejía decidió ceder sus aspiraciones presidenciales y apoyar a Luis Abinader, transfiriéndole no solo su respaldo personal, sino el peso completo de su estructura política. El resultado fue una derrota digna, pero, sobre todo, la consolidación de Abinader como líder nacional. Cuatro años más tarde, esa misma estructura volvió a alinearse para hacerlo presidente, y nuevamente en el 2024 para respaldar su reelección.
Ese gesto político —dos veces decisivo— es el punto de partida del debate actual. Luis Abinader no podrá presentarse en 2028. Hipólito Mejía, aunque constitucionalmente habilitado, ha optado por apoyar a su hija, Carolina Mejía. Desde la perspectiva del expresidente, el razonamiento parece simple: la lealtad política se paga con lealtad política. Lo lógico, entonces, sería que Abinader “devuelva el favor” respaldando a Carolina, cerrando así un ciclo de reciprocidad entre las dos grandes corrientes fundacionales del PRM.
Pero la política rara vez se rige solo por la lógica de la gratitud.
En el escenario electoral de cara a las elecciones del año 2028, emerge con fuerza la figura de David Collado, actual ministro de Turismo, uno de los funcionarios mejor valorados del gobierno y, según diversas mediciones externas, con un alto nivel de simpatía electoral. Su problema no está fuera del partido, sino dentro de él. El PRM, más allá de su narrativa de renovación, sigue funcionando en buena medida como un partido de estructuras, y esas estructuras, hasta que se demuestre lo contrario, están mayoritariamente en manos de Hipólito Mejía y Luis Abinader, los únicos dos líderes que han ejercido la Presidencia de la república y, por tanto, han tenido la capacidad real de nombrar, promover y consolidar dirigencias a lo largo del país.
La pregunta clave es inevitable: ¿con cuál estructura contaría David Collado?
Si el mapa interno del PRM se reduce, en términos de poder real, a dos grandes bloques —el hipolitismo y el abinaderismo—, Collado solo tendría una ruta viable para imponerse en una contienda interna: que Luis Abinader le transfiera parte significativa, o la totalidad, de su estructura política. Sin ese respaldo, las encuestas favorables hacia afuera podrían convertirse en un espejismo al momento de votar hacia adentro.
Pero ese movimiento tendría un costo político elevado. Un apoyo explícito de Abinader a David Collado implicaría, de hecho, una ruptura con Hipólito Mejía, o al menos una fractura profunda en la relación entre ambos liderazgos. No se trataría solo de escoger un candidato distinto, sino de romper una lógica de alianzas que ha sido fundamental para la estabilidad interna del PRM desde su fundación.
Aquí es donde el dilema adquiere su verdadera dimensión. Abinader enfrenta una disyuntiva entre dos tipos de racionalidad política: la de la lealtad histórica y la del cálculo estratégico. Apoyar a Carolina Mejía garantizaría la continuidad del pacto fundacional del partido y evitaría una guerra interna de consecuencias imprevisibles. Apoyar a David Collado, en cambio, podría interpretarse como una apuesta por la figura con mayor proyección electoral general, pero al precio de tensionar —o incluso romper— el equilibrio interno que ha sostenido al PRM en el poder.
David Collado, por su parte, se encuentra en una posición paradójica. Es fuerte en la opinión pública, pero vulnerable en la maquinaria partidaria. Su desafío no es crecer en popularidad, sino construir o recibir una estructura que hoy no le pertenece. Sin el aval de Abinader, sus posibilidades internas se reducen considerablemente; con ese aval, el PRM se arriesga a una confrontación entre sus dos pilares históricos.
En última instancia, el proceso hacia 2028 pondrá a prueba la madurez política del PRM. La pregunta no es solo quién será el candidato, sino si el partido logrará resolver su sucesión sin sacrificar la cohesión que lo llevó al poder. Porque, como suele ocurrir en la política dominicana, el mayor riesgo no siempre está en la oposición, sino en las batallas que se libran dentro de casa.
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